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Fue el acontecimiento de la tarde delante del degradado polígono de Janos en las afueras de Litvinov, la zona más pobre y más conflictiva de la nueva República Checa. Madres gitanas salieron corriendo con bebés, abuelas miraban desde ventanas rotas, adolescentes con pendientes y gorras hip hop trajeron bolsas de plástico. "Se cobra ochenta coronas (dos euros) el kilo", dijo un hombre mientras sacaba un saco lleno de castañas morenas oscuras como su piel. Los gitanos habían pasado el día entero recogiéndolas en los bosques amarillos y rojos del otoño checo. Ahora las venderían a los guardabosques, cebo para los cazadores de ciervos y jabalíes cuando llegue la nieve.
Para los rom de Janos es eso, el robo o la droga. "Aquí no hay trabajo para gente de nuestro color", dijo Janeta Holubova madre de 27 años con bebé recién nacido. Y desde que el alcalde de la "tolerancia cero" Daniel Volak manda en Litvinov, hay que trabajar por las prestaciones sociales. "Nos hacen trabajar 20 horas barriendo las calles por 3.000 coronas (unos 100 euros)", dice Marek Chivak, otro gitano parado de 19 años.
Estos son los grandes perdedores de la economía de mercado. "Los rom y otra gente sin educación, desde luego, están en peores condiciones ahora", dice Jan Madke, economista del partido socialdemócrata."Bajo el comunismo, la productividad eran tan baja que todo el mundo trabajaba y a los rom se les daba un piso y un trabajo de fabrica o en la construcción". "Ahora no son empleables y suponen un enorme coste", añade.
La República Checa era la economía más igualitaria del bloque comunista. Los más ricos ganaban sólo tres veces más que los más pobres frente a la ratio de 1:10 en la Unión Soviética. Para la gran mayoria -salvo la elite de la nomenclatura- ni hubo segregación económica etnica. Aunque la igualdad a nadie le hizo demasiado feliz. "Era ridículo: un supervisor ganaba igual o menos que el trabajador; no hubo incentivos; nadie quería ser supervisor", dice Madke. Solo los medallones estajanovista apremiaban la productividad y cuando ya se olvidaba la guerra, los "hombres de mármol" perdieron las ganas. Pero para los gitanos -solo el 2% de la población, la mayoria de origen húngaro desde el exterminio nazi de casi todos los rom checos- aquello funcionaba bastante mejor que esta economía de mercado, paro, drogadicción, subsidios y estigmas.
Hasta los mismos Rom ya se quejan de la llegada de cada vez más gitanos al gueto de Janos desde Praga. "Cuantos más gitanos llegan, más policía hay y más racismo tenemos", dijo una mujer de tez oscura que se llevaba una bolsa de castañas. El pasado 17 de noviembre -el 19 aniversario de la revolución de terciopelo y de la caída del comunismo- cientos de neonazi del Partido del Trabajador, vestidos de negro, con el apoyo de miles de residentes furiosos por el aumento de droga y delincuencia en Litvinov, libraron una batalla campal con más de 1.000 policías antidisturbios delante del polígono de Janos. "Litvinov fue una zona de guerra; querían sangre", dijo Gwen Albert, autor de informes de la UE sobre los rom checos. Los gitanos temían una repetición en el XX aniversario la semana próxima.
La llegada de tantos rom desde Praga tiene una explicación fácil. La capital checa está muy de moda, una ciudad ya preciosa cuando las fachadas góticas estaban ennegrecidas del hollín de la implacable industrialización estalinista. Ahora, higienizada y pulida es una joya. Un pisito en la ciudad vieja, reúne todas las condiciones para la nueva clase de inversores-turistas: divisa en alza convergente con el euro, restaurantes para todos los gustos y vuelos de bajo coste desde las principales capitales europeas. Ahora la ciudad se ríe de los años de igualdad gris. El Museo del Comunismo, situado estratégicamente junto a un McDonalds, exhibe propaganda del realismo socialista con eslóganes satíricos: "¡No había detergente pero a mi me lavaron el cerebro!", dice una trabajadora-ama de casa.
Pero hay una pega: Praga es muy cara. Los precios de inmuebles en el centro se había disparado aun antes de la crisis. Incluso en las afueras el alquiler de un piso vale un salario medio. Y, por la lógica inmobiliaria, a las familias rom que habitaban desde hace décadas los bloques destartalados cerca del centro se ha decidido ofrecerles pisos gratis en Janos para allanar el camino a la gentrification de Praga.
Uno de los primeros retos de los equipos de Harvard y Chicago que llegaron a Checoslovaquia y otros países del Este a primeros de los noventa era crear un sistema de incentivos. "En 1991 o 1992 recuerdo entrar en el despacho del ministro de Finanzas y tenía en su mesa un informe americano con el título: "Cómo aumentar la desigualdad", explicó Stephany Griffith Jones, asesor del banco central checo en los primeros años de la transición. "Y le dije al ministro: "¡Debe de haber un error tipográfico!". Pero me respondió: "No. La distribución de la renta es demasiado plana"", dice Griffith Jones
Ahora tras años de privatización más o menos corrupta se va creando la dosis precisa de desigualdad, aunque Chequia es una sociedad más equitativa que otras economías poscomunistas como Rusia, Polonia, Hungría o Rumania. Y al menos en Chequia, se considera necesario disfrazar a la nueva jerarquía económica de meritocracia a juzgar por el último escándalo de la transición: se ha descubierto que la universidad de derecho en Pfizer ha regalado cientos de títulos universitarios a los integrantes de la nueva elite empresarial y política.
Mientras, para los que juegan limpio no está claro que los incentivos funcionen como se esperaba. "Yo estuve trabajando para un billonario checo americano llamado William Didenn, propietario de GHC el grupo de cirugía cosmética y de una empresa de cazatalentos", dijo Lada, chófer de 25 años. "Tiene un Rolls Royce Phantom aunque sólo me dejaba conducir el Jaguar XJ8; trabajé 26 días por 20.000 coronas (800 euros); luego me enteré de que había donado 15 millones a un centro de rehabilitación de drogadictos. Y pensé. "¿Por qué tantos millones para ellos y una nómina tan baja para mi?" Didenn compró la ex embajada japonesa en Praga, un palacio del siglo XIX cuyo valor se calcula en dos millones de euros. "Está vacío a la espera de una mejora del mercado".
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